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TEMA 10: LAS DROGAS. TEORIA ÉTICA : FORMALISMO MORAL (KANT)

 

 

DILEMA MORAL I

 

            Juan y Miguel son dos grandes amigos, estudian juntos, juegan al fútbol y se ayudan mutuamente cuando llegan los exámenes, además, se confían todos los secretos. Una mañana, después de las clases, Miguel ha descubierto que siempre que le deja dinero a Juan no es para hacer fotocopias o para comprarse libros, sino para comprar droga.

            Juan  pide a su amigo que no diga nada, ya que son muy amigos y nunca ha habido traición entre ellos. Pero esta vez, Miguel no duda entre callar el secreto de su amigo o decirlo a sus padres.

            El lunes a la hora del patio, Juan vuelve a pedir dinero a Miguel, éste, esta vez no quiere dejárselo, ya que sabe que es para drogas. Miguel está muy preocupado porque sabe que eso obligará a su amigo a cometer un pequeño robo en el instituto, pero piensa también que si le deja el dinero contribuirá a que él compre droga.

 

  1. Analiza el dilema moral teniendo en cuenta el siguiente esquema:

 

 

  1. ¿Qué debe hacer Miguel, debe decirlo a sus padres?

 

 

 

 

 

DILEMA MORAL II

 

            Luis cuando tenía 18 años estaba metido en la droga y en compañía de otros dos jóvenes de su edad asaltaron la vivienda de una mujer viuda, madre de dos niños pequeños y le robaron 600 euros que la mujer tenía para pagar el colegio y el comedor de sus hijos, además de algunos objetos de valor y recuerdo familiares, valorados en unos 1800 euros. La sentencia de la Audiencia de Granada lo condenó en el 2000 a más de dos años de prisión. La sentencia fue recurrida y el supremo ratificó la condena cinco años después. Luís en este tiempo se ha casado, tiene un hijo y trabaja en Jaén como peón en una empresa de construcción. Ahora tiene que cumplir el año de cárcel que le queda. Su abogado ha pedido el indulto para Luís, alegando que ya está reinsertado en la sociedad.

 

            1.Analiza el dilema moral teniendo en cuenta el siguiente esquema:

 

 

2. ¿Se debe indultar a Luís?

 

 

 

 

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LA EPIDEMIA INVISIBLE

 

La droga ya no da tanto miedo. Se consume más. Y antes. Éste es el retrato del uso de drogas en España, el segundo país del mudo donde más cocaína se vende. Una epidemia silenciosa de consecuencias imprevisibles. Mañana es el Día Mundial contra la Droga. Un buen momento para la reflexión. Por Jesús Rodríguez. Fotografía de Alfredo Cáliz.

 

 

 

En Las Barranquillas, a los toxicómanos, si se quedan dormidos a la intemperie, las ratas les devoran las ore­jas. Las partes blandas del cuerpo humano son su manjar favorito. Cuesta creerlo. Pero en el supermercado de la droga de Ma­drid todo es peor de lo que uno se imagina. No es miseria, es algo inhumano. Cuando un yanqui sufre una sobredosis, sus com­pañeros se toman su tiempo en desvalijar­le antes de arrojarle desnudo a las puertas de la narcosala. Un grupo de profesionales sanitarios, Cristian, Alfonso, Mario; suel­do escaso y mucha vocación, resucitan to­dos los días a moribundos que unas horas más tarde volverán a la calle en busca de su dosis. Gajes del oficio. Una noche, uno de esos drogodependientes se electrocutó y perdió un brazo. En el dispositivo asis­tencial de venopunción le recogieron abra­sado. Hicieron bien su trabajo. Sobrevivió. Ha aprendido a chutarse con la boca. "Esto es una mierda", balbucea Carlos, de 22 años, con las pupilas del tamaño de una moneda de céntimo tras inyectarse dos mi­cras de cocaína. "De aquí no sales".

Las Barranquillas es el último gran poblado de la droga. Uno de los enclaves marginales surgidos de la Ley de Seguri­dad Ciudadana, de 1992 (la ley Gorcuera), que expulsó a los heroinómanos del casco viejo de las ciudades en dirección a guetos del extrarradio. Así nacieron Can Tunis, en Barcelona; Las Cañas, en Valencia; Par­que Ansaldo, en Alicante; Penamoa, en A Coruña; La Esperanza, en Valladolid, o Ba­kimet, en Burgos. La mayoría ha ido desa­pareciendo por la especulación del suelo.

No es el caso de Las Barranquillas. Aquí aguantan. En este páramo irreal de barro grisáceo, impregnado por el hedor de una depuradora y el humo de las ho­gueras; de charcos como lagunas de agua negra, montañas de basura, míseras cha­bolas, perros y caballos tiñosos, entre los que pululan cada día miles de depredado­res en busca de una dosis de heroína o co­caína que esnifar, inyectarse o fumar so­bre plata. La última etapa en el descenso al infierno de la droga. No entran ni las ambulancias.

"Después de esto no hay nada", descri­be Alfonso Gil, el médico que dirige la nar­cosala y el dispositivo de emergencia ane­xo, donde los toxicómanos pueden, ade­más de picarse con un mínimo de higiene, tomar una ducha, un plato caliente o dor­mir en una cama. "Un sitio para recordarles que son personas, que no lleguen al máximo de su deterioro físico y mental, y si un día deciden escapar de la droga, ten­gan una mínima posibilidad. Yo llevo en esto 13 años, y más allá de Las Barranqui­llas sólo queda el cementerio".

Por eso sorprende la variedad de usua­rios que se dan cita en este descampado gobernado por las mafias de la droga. Mu­jeres presurosas y desdentadas con las ve­nas acribilladas. Gitanos de luto. Un joven inyectándose a la sombra de un contene­dor de basura que le sirve de ponedero. Predominan los cadáveres ambulantes, es­pectros cargados de tragedias y enferme­dades; esclavos de algún traficante a cam­bio de unas migajas. Éste es su hogar. Son los machacas. También abundan los chute­ros: venden jeringuillas por 20 céntimos o pliegos de aluminio por 10, para financiar su consumo. El trapicheo y la mendicidad han suplido a la delincuencia como fuente de ingresos entre los yonquis. Además, la droga está más barata que nunca.

 

Más curioso resulta toparse con ese profesional maduro que atraviesa la calle mayor del poblado a bordo de un Volvo descapotable; un par de veinteañeros con gafas oscuras repantigados en un coche elegantemente tuneado que desprende ba­kalao a todo trapo; otro pedaleando furio­so con una jeringa entre los dientes, o un muchachote al volante de una furgoneta de reparto. Negros africanos y rubios del Este. Universitarios y gente que duerme entre cartones. Parte de la caravana que atraviesa este territorio día y noche. Cuan­do cae el sol, aún es peor: el resplandor de las fogatas le presta un aspecto dantesco.

El siguiente paso es atravesar el um­bral de uno de los traficantes. Cada clan tiene su puesto. Cuentan los clientes que la presión policial tras un tiroteo entre ban­das rivales los ha reducido. Aunque confirman que el ritmo de ventas se va recu­perando. Por fuera, chabolas. Por dentro, fortalezas a prueba de registros. En esa atmósfera irrespirable, tras aguantar un rato en la sumisa cola de los toxicómanos, una nueva sorpresa: la sustancia de mayor demanda en Las Barranquillas no es la heroína. Así lo confirma también la ONG Médicos del Mundo en su IX Informe sobre Exclusión Social, que analiza las prácticas de drogodependientes de toda España.

El negocio se ha reconvertido. La es­trella de ventas es hoy la cocaína. Una sustancia que, según la psicóloga Marta Franco, responsable de prevención en la Agencia Antidroga de Madrid, encarna perfectamente los valores de nuestro tiem­po: "Estar siempre activo, brillante, lo­cuaz; aguantar, triunfar". El precio de las dos drogas es el mismo, cinco euros la mi­cra (la décima parte de un gramo). Buen precio y buena calidad. Y según las en­cuestas, cada vez más fácil de conseguir.

En su establecimiento de Las Barran­quillas, el camello maneja tres montones de polvo. Los de cocaína y mezcla (coca y caballo) desaparecen rápido. La mezcla, también denominada speedball, está de moda. Fue el cóctel que a punto estuvo de llevarse por delante a Lapo Elkann, el nie­to predilecto del histórico patrón de la Fiat, Giovanni Agnelli, hace un año. El montón de heroína aún tarda en caer. Y para los que quieran algo más duro, la base libre de cocaína: un crack a la española que ma­chaca en poco tiempo el cerebro.

Esto ocurre a 15 minutos del centro de Madrid. Tan lejos y tan cerca. Las Barran­quillas es, periodísticamente, un filón; pero su imagen infernal no refleja la ac­tualidad de la droga. Remite a otra época. A la ola de heroína de los ochenta-noven­ta. Una pesadilla que muchos han olvida­do. Y que los jóvenes no llegaron a conocer. El sociólogo Domingo Comas, presidente del Grupo Interdisciplinar sobre Drogas (GID), calcula que murieron en nuestro país durante la epidemia 100.000 personas nacidas entre 1955 y 1965. Una generación diezmada. Otras 90.000 aún están atadas a programas de metadona, un opiáceo susti­tutivo de la heroína. Y 30.000 más viven su adicción en prisión. Varios miles perma­necen internados en comunidades por todo el Estado. Nadie se atreve a dar una cifra de la nebulosa bolsa de yanquis que per­siste al margen de toda esa red asistencial.

La heroína es todavía un problema de salud pública, pero pocos jóvenes caen ya en sus redes. Menos aún se la inyectan. Un ejemplo: en 1992, más de 20.000 personas fueron tratadas por primera vez en su vida por una dependencia a esta sustancia; en 2002, apenas 5.000, y de ellas, sólo el 18% utilizaba la vía intravenosa. La gran mayo­ría la fumaba. En 1992 se registraron 544 muertes por sobredosis de caballo; en 2002, 221. La tendencia es que esta cifra continúe descendiendo en los próximos años.

 

Y ahora, la mala noticia. El hueco que ha dejado esa sustancia en el mercado se ha cubierto con cocaína. Alicia Acero, psi­cóloga y responsable del servicio de re­parto móvil de metadona en la Comunidad de Madrid, afirma: "De pronto, la heroína cogió mala prensa entre los consumidores: sonaba a muerte. Era lo peor. Y la indus­tria del narcotráfico [un negocio de 350.000 millones de dólares al año] ha tenido que buscar otra sustancia con mejor imagen para seguir ganando dinero. Puro marke­ting. Y hasta tal punto ha aumentado el consumo de cocaína en nuestro país que, en los centros de atención a drogodependientes, los tratamientos por problemas con la coca comienzan a ser mayoritarios".

 

Los últimos datos avalan la afirmación de Alicia Acero. Sólo en Madrid, donde se habla de 40.000 consumidores habituales, el 60% de los nuevos usuarios de los Cen­tros de Asistencia Integral a los Drogode­pendientes (CAID) llegan con problemas de cocaína. Diversas fuentes cifran en más de 350.000 el número de consumidores en nuestro país, de los que un 15% ya habría desarrollado dependencia. Según el Plan Nacional sobre Drogas, el consumo de co­caína se ha duplicado en los 10 últimos años. Y en ese mismo espacio de tiempo, el consumo entre adolescentes se ha multi­plicado por cuatro. España es hoy el rincón del mundo, junto al Reino Unido y EE UU, donde más cocaína se consume.

 

Por eso, para entender el pre­sente de la droga en España, el me­jor escenario no está en Las Ba­rranquillas, sino en el Centro de Atención Integral a Cocainómanos (CAIC), en la aséptica cuarta plan­ta del hospital Nuestra Señora de la Paz, en Madrid. Es el primer establecimiento de toda Europa dedi­cado exclusivamente a los adictos a la cocaína. Está financiado por la Comunidad de Madrid. Fue funda­do en 2001, cuando el consumo de esa sustancia despegó de forma es­pectacular en nuestro país. Hace sólo cinco años, la demanda de adictos que deseaban ser interna­dos en este CAIC era mínima. Se vivía el que se ha denominado "si­lencio clínico de la cocaína". Nin­gún consumidor se daba por aludi­do. La creencia generalizada era que la cocaína no producía síndro­me de abstinencia. No creaba de­pendencia física. Era limpia y manejable. Y muy divertida. Las cosas han empezado a cambiar: para entrar en el centro hay que esperar ya tres meses.

Por esta ala hospitalaria aislada del mundo -y cerrada con llave- han pasado 750 adictos (600 eran hombres). Su edad media, 34 años. Ingresan, según el director médico del centro, el psiquiatra Álvaro Ri­vera, tras largos consumos de cocaína. ¿Cuándo se les considera adictos? "Cuan­do organizan su vida en torno a la droga y esa práctica erosiona distintas áreas de su vida". Acceden a ser internados bajo pre­sión familiar. Siguen minimizando su pro­blema. "El adicto niega su adicción para poder seguir consumiendo. Que reconoz­can el problema es el primer paso para su recuperación", afirma el doctor Rivera.

Llegan deprimidos, ansiosos, irrita­bles. Unos tienen dolencias cardiovascula­res. Otros padecen psicosis; trastornos mentales que se prolongarán a lo largo de su vida aunque abandonen el consumo. Lo explica Emilio Ambrosio, catedrático de psicobiología y especialista en la investi­gación de las adicciones a través de ani­males de laboratorio que se autoadmi­nistran droga: "El consumo de cocaína provoca alteraciones mentales, neuroadaptaciones que nunca se borran. Y no te­nemos medios para arreglarlo. Se está trabajando en una vacuna, que podría redu­cir los efectos eufóricos que experimentan los consumidores de cocaína, pero es una inversión enorme y los laboratorios no terminan de decidirse. No les parece un buen negocio. Con la heroína, el médico tiene herramientas farmacológicas, la me­tadona o la naltrexona, que ayudan al pa­ciente. Con la cocaína no tenemos nada. Esta droga cambia sutilmente la función cerebral. Y cuando eso pasa, ya no hay re­medio".

Frente a la imagen clásica de gran de­terioro físico y social del heroinómano, los pacientes del CAIC tienen un aspecto de lo más normal. Es gente joven. Integrada. Con empleo. Domicilio. Sin antecedentes penales. Se les fue la coca de las manos. Y comenzó la tragedia. Todos recuerdan las noches sin dormir. Y las mañanas sin tra­bajar. Los problemas económicos. Las ma­nías persecutorias. Las arritmias. Sus his­torias son calcadas. Terribles. "Un día, la coca comienza a darles más problemas que satisfacciones, y en ese momento ya no pueden cortar", describe el doctor Car­los Dulanto, que atiende en su consulta a adictos a las drogas desde hace 23 años. "En aquella época, mis pacientes venían un 80% por heroína, un 15% por alcohol y un 5% por cocaína. Hoy, el 80% son adictos a la cocaína, y el resto, policonsumidores. De heroína pura no llega al 1 % ".

 

Han probado el mayor reforzador del placer que existe en la naturaleza, el esti­mulante más poderoso que se conoce, y tie­nen que aprender a vivir sin él. Alicia Ace­ro explica que los cocainómanos son más rebeldes al tratamiento que los heroinó­manos "porque están menos deteriorados y son menos conscientes de su problema". Carlos Dulanto lo confirma: "Cuando me llega un paciente con problemas de cocaí­na prefiero que esté metido hasta las cejas a que ande a medias tintas, porque, si no, la recaída es automática. La cuestión es en­trenarle para que vuelva a disfrutar de las cosas normales. Y es imprescindible que colabore; si no, no hay nada que hacer".

Tras un periodo de recuperación de entre tres y cuatro meses, en el que los 30 primeros días transcurren en régimen de total aislamiento; tras antidepresivos y ansiolíticos, una terapia intensiva y las prime­ras salidas con tiento a la calle, in­cluso después de alguna recaída, los drogodependientes abandonan el CAIC con buenas expectativas de futuro. El doctor Rivera habla de un 64 % de altas adecuadas. Les queda, sin embargo, un largo y difícil camino por recorrer. El adicto a la heroína consume para no su­frir el síndrome de abstinencia; sin embargo, el de cocaína asocia su consumo a estímulos externos: la música, los amigos, una copa, una reunión de trabajo. "Es un clic que salta inesperadamente en tu cere­bro y te obliga a meterte un tiro. La trampa es continua, está en cual­quier sitio", afirma un cocainóma­no. "Lo mejor con la coca es no ini­ciar el juego. Es la droga que más les gusta a los animales de laboratorio. Se mueren por conseguirla", describe el pro­fesor Ambrosio.

 

Nos enfrentamos a una epidemia in­visible. Y más compleja que nunca. Ya no hay muertos con la jeringuilla en el bra­zo por las esquinas, 40.000 seropositivos ni aquella "inseguridad ciudadana" que achacaba a los yonquis el 80% de los deli­tos. Hoy la lucha es más difícil. Hay que combatir una droga que se identifica con el éxito. Que no da miedo. Se prueba en la adolescencia. Consume mucha gente. Y siempre se combina con otras sustancias, especialmente alcohol y hachís, que la con­vierten en una bomba de relojería. Una epidemia mucho más extendida que la de heroína de los ochenta, pero con un perfil menos agresivo. Y sobre todo, más fácil de ocultar. Hasta que es demasiado tarde.

Ignacio Calderón, director de la Fun­dación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD), hace su análisis: "Ese cóctel de al­cohol, cannabis y cocaína no conduce a la delincuencia, no degrada rápidamen­te y potencia divertirse (justo lo opuesto que la heroína), pero va a causar enor­mes trastornos a nuestra sociedad. La heroína conducía a la muerte física, y esta epidemia, a la muerte civil. Va a de­jar una secuela de jóvenes inadaptados, candidatos al fracaso escolar, que ni es­tudian ni trabajan. Con problemas psí­quicos. Gente perdida en la sociedad a los 27 años. Y la tragedia es que la per­cepción que tienen los ciudadanos de los riesgos de la droga no está ajustada al riesgo real que supone su consumo. Hace 20 años, la tremenda imagen de 150.000 adictos a la heroína provocó una movilización de nuestra sociedad sin precedentes. Ahora, que estamos ha­blando de un millón de alcohólicos, de 400.000 jóvenes usuarios del cannabis y otros tantos de cocaína, el relajo y el de­sinterés de la sociedad es total".

¿Pruebas? Según los sondeos del Centro de Investigaciones del CIS, entre 1984 y 1989 la droga era percibida por los españoles como el segundo problema del país; en estos momentos ocupa el puesto noveno. Y en caída libre.

 

Eran otros tiempos. Aquella ola de heroína golpeó por sorpresa a una so­ciedad que carecía de experiencia, re­cursos y especialistas en el tratamiento de las drogodependencias. "Eran pa­cientes de tercera tratados por médicos de segunda", describe el doctor Dulanto. Tras cinco años de desconcierto, en los que la primera respuesta corrió a cargo de las sectas y los espontáneos, la socie­dad se puso por fin manos a la obra. En 1985, fruto del consenso político, nacía el Plan Nacional sobre Drogas para coor­dinar la labor de las administraciones y financiar los proyectos de tratamiento y reinserción. Su labor ha sido un éxito. En estos momentos se contabilizan en España 509 centros ambulatorios, 52 uni­dades de desintoxicación y 116 comuni­dades terapéuticas financiados con di­nero público. En torno a 60 ONG traba­jan en el ámbito de las dependencias. En 20 años se ha construido una de las me­jores redes antidroga del mundo. Se ha ganado la batalla... a la heroína.

Carlos Álvarez Vara es psiquiatra y cerebro de la Agencia Antidroga de Ma­drid. A este médico se debe el cambio de la mentalidad pública asistencial en el tema de las drogas, desde las posturas integristas, que exigían al drogadicto que abandonara su adicción a pelo, has­ta la actual política de reducción de da­ños. "En aquella España inmersa en la crisis de la heroína se tardó en ver que había otras sustancias peligrosas ade­más de la heroína. No se concebía. Y en materia de drogas, el error es pensar que no es para tanto. Ha pasado con la cocaína. Y hemos mirado hacia otro lado. Y el porro nunca se ha tomado en serio en España. No se ha transmitido bien el mensaje, no se ha hecho publici­dad en contra. Era una droga blanda. Lo máximo que se decía de ella es que era el primer paso en la escalada hacia la heroína -algo que hoy da risa-. Pero nunca que era una sustancia peligrosa por sí misma. No hay conciencia del riesgo que representa. Y nos encontra­mos con 50.000 jóvenes que ya tienen problemas con el cannabis".

 

Los últimos informes del Plan Na­cional sobre Drogas afirman que el con­sumo de hachís se inicia a los 14 años; que lo ha consumido en el último año cerca de un 40% de los jóvenes entre los 15 y los 18 años (cerca de 1,5 millones de personas), y que un 92% lo toma mez­clado con alcohol. ¿Son peligrosos los po­rros? El Plan da una respuesta: el 10% de las solicitudes para recibir un trata­miento de deshabituación ya se deben al cannabis. Más allá del inmenso (y a ve­ces contraproducente) laberinto de cifras, José Peñas, médico del Centro de Asistencia Integral a los Drogodepen­dientes de Usera, un barrio madrileño castigado por el caballo en los ochenta­-noventa, da su versión sobre el terreno: "El problema es que la edad de inicio del consumo está bajando. Y cuanto antes se empieza, antes llega la dependencia. Sin contar con los trastornos que provocan en un cerebro y un organismo que se están formando. El cannabis no es nin­guna broma. Es psicoactivo y te remite a un mundo que no es real. Crea distor­siones a la hora de relacionarte. Desencadena problemas psiquiátricos, altera­ciones de la memoria, falta de interés y de concentración. Sin contar, por ejem­plo, con los accidentes de tráfico. No se puede banalizar su consumo" .

Algunos expertos opinan que el Plan Nacional sobre Drogas, creado en una situación de emergencia sanitaria, fue en realidad un plan nacional contra la heroína. Que la presión social ante los estragos del caballo hizo que se bajara la guardia frente al alcohol, la cocaína y el cannabis. Que la epidemia de coca ya se veía venir a comienzos de la década de los noventa. "Lo que pasa es que las dro­gas llevan años fuera de la agenda polí­tica e informativa", reflexiona Carmen Moya, delegada del Plan Nacional sobre Drogas, "y el problema no está solucio­nado. Debemos romper con el mito de que no pasa nada si se consumen esas sustancias. Y al mismo tiempo enviar un mensaje de esperanza: se puede salir de la droga. En España somos los mejores del mundo. Y con recursos públicos".

Por ejemplo, la Comunidad Tera­péutica de Castillejos, una casa de la­branza perdida en el corazón de Ciudad Real, gestionada por Proyecto Hombre, donde conviven 40 adictos a la cocaína y a la heroína (10 son mujeres con hijos menores de tres años). Aquí pasarán 12 meses luchando por resolver su depen­dencia. El programa completo, desde la fase de acogida hasta la de reinserción, dura en torno a 30 meses. Tres años de disciplina, muchas lágrimas y descu­brimiento personal para resolver adic­ciones de toda una vida.

La historia de cada una de estas 40 personas es completamente distinta. Lo mismo que el re­corrido que siguieron hasta quedar enganchados. Y el ca­mino que les ha traído a Castillejos. Hay adictos a la heroí­na vapuleados por la vida; con los brazos cubiertos de tatua­jes patibularios y el virus del VIH a cuestas. Y también adic­tos a la coca de clase media alta, con estudios, una profe­sión y una familia estructura­da, que lo han perdido todo. Aquí son iguales. Sobran las preguntas. Luchan codo con codo. Es el secreto de su recuperación. "El problema no es la sustancia por la que vienen, sino que detrás de cada adic­ción hay una problemática personal que hay que solucio­nar", afirma el director del centro, Modesto Salgado, un cura (aunque no lo parece) que lleva trabajando 15 años con to­xicómanos. "El adicto tiene que bucear en su historia y su comportamiento. Corregir su vida. Si no, volverá a con­sumir tarde o temprano".

 

Y no nos engañemos; al final es exactamente igual la historia de María, de 35 años, una educada decoradora va­lenciana adicta a la cocaína desde hace 15, con el paladar y el tabique nasal ne­crosados por la droga, que la de José, de 40, heroinómano, seropositivo, 10 con­denas y 20 cárceles. Los dos han visto la muerte de cerca. Relatan noches infernales en busca de una dosis. El cuchillo de un camello en el cuello. El descenso a los poblados marginales. Han perdido a sus hijos. Han vivido una continua mentira. Saben lo que es tocar fondo. Una y otra vez. Y quieren empezar de nuevo. Les falta poco tiempo para vol­ver a la calle. Y pese a lo incierto del fu­turo que se abre ante ellos, su alegría y sus ganas de vivir son contagiosas.

Proyecto Hombre nació en plena epidemia de la heroína para dar una respuesta asistencial en colaboración con la Iglesia. Actualmente es una de las organizaciones más sólidas en la lu­cha contra la droga. Su modelo ha sido copiado por las autoridades sanitarias francesas, que pretenden dar un mayor papel a las ONG en su estrategia an­tidroga. Como en España. Según Lino Salas, director de comunicación, por Proyecto Hombre pasan 13.000 drogodependientes al año. Pero los tiempos están cambiando. Lo que surgió en 1983 como una puerta de salida para los he­roinómanos ha comenzado a recibir una avalancha de cocainómanos. Desde 1997 tienen un programa específico de rehabilitación para dependientes a esta droga en régimen ambulatorio. En sus comunidades terapéuticas, en torno al 30% ya son adictos a la cocaína. "Nues­tra apuesta de futuro es ir más allá del tratamiento; queremos dedicar más es­fuerzos a la prevención y la formación de profesionales. El año pasado traba­jamos con 60.000 niños. Ésa es la clave".

Prevención. La palabra mágica. El concepto más repetido. Del que hablan todas las instancias políticas y sanita­rias. Quizá sea el último cartucho. Por­que nadie sabe muy bien qué va a depa­rar a nuestra sociedad esta epidemia in­visible. La banalización del consumo de drogas. Entre los profesionales implica­dos se viven momentos de desconcierto. Y de debate. "Esto pinta muy mal", co­menta uno de ellos. Ya no se trata tanto de rehabilitar toxicómanos, como con la heroína, sino de que millones de jóve­nes no lleguen nunca a esa situación.

Y no se ha hecho bien. A los políti­cos, la prevención les proporciona unos réditos menos espectaculares que el tra­tamiento. Es menos rentable electoral­mente. La prevención se ha convertido en la pariente pobre de la lucha contra la droga. Según diversas fuentes, el presupuesto para esta partida supone me­nos del 10% del total de la inversión en programas antidroga. Otros expertos afirman que apenas se está llegando a uno de cada 10 niños. ¿Y el resto?

 

Esos expertos afirman que la clave es fortalecer las redes de información y concienciación de los padres, profesores y alumnos desde la infancia. "Hay que vacunar mentalmen­te a los niños, lo mismo que les inmunizas contra otras enfer­medades. Hay que dedicar me­dios y esfuerzo. No se trata de asustar ni de ser moralista, porque le quitas credibilidad al mensaje; no se trata de decir que se van a morir por una raya. Pero sí que la cocaína tie­ne graves efectos sobre la sa­lud", explica Marta Franco, responsable de prevención en la Agencia Antidroga. "Ser in­sistentes, como se ha hecho en la política antitabaco. Para empezar, restringiendo la pu­blicidad de alcohol. Invertir un euro en prevención ahorra diez en tratamiento. Y la mejor política contra la droga es en­señar a los niños a decir no".

A Juan, nadie se lo enseñó. Es un tipo alto y guapo. Un treintañero que trabajó durante años en la noche. En las mejores discotecas. Al­cohol y cocaína. Un arma contra su ti­midez. Caída en picado. Varias recaídas. Así durante 10 años. Ha pasado 12 me­ses en la Comunidad de Castillejos. Con sus consiguientes crisis. Pero ha cam­biado. Está a punto de salir. Sus padres le esperan. A Juan se le humedecen los ojos cuando imagina el día que se des­pida de sus 39 compañeros. El momento en que le rodeen y uno a uno le expre­sen sus sentimientos. Y le deseen toda la suerte del mundo. Una ceremonia so­lemne que se repite siempre que un in­terno abandona esta comunidad. "Va a ser muy duro. Pero cuando cruce la puerta sabré que he vuelto a nacer".

 

Plan Nacional sobre Drogas: www.pnsd.msc.es.

Agencia Antidroga: www.madrid.org/web_agencia_antidroga/index.html.

www.proyectohombre.es.

Fundación de Ayuda contra la Droga­dicción: www.fad.es.

 

 

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